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11 sept. 2018

Una realidad que trastorna sus vidas


Una realidad que trastorna sus vidas  

A  la orilla de la cañada de Guajimía, justo detrás del residencial Santo Domingo, el panorama del viernes en la mañana es variado en cada familia.
En el fondo, en una casa en cuyo frente dos cerdos reposan sobre la basura, Mercedes y sus tres hijas solo atinan a mirar el panorama desde la puerta de aquel techo que solo les ofrece un amplio piso para dormir.
Habla de su día a día pero ni siquiera recuerda cuántos hijos tiene, ni las edades de los que aún permanecen en su mente. Dice tener 30 años, y sus hijas 13, 5 y la más pequeña ocho meses, pero su mente divaga cuando habla de su historia.
Sale en las mañanas a pedir limosna con las más pequeñas porque su marido “la soltó en banda” y tiene que buscar con qué comer. “Yo quisiera como que Dios me ayudara a conseguir un trabajo y Dios no me ayuda, pero imagínese qué uno puede hacer (Ö) me siento en la acera y le digo a la gente: por favor ayúdeme, que yo no tengo marío”, dice al relatar su drama.
Según cuenta, su hija Karina de 13 años ya se ha casado dos veces y tiene una hija que está al cuidado de una tía que la adoptó. La casa donde viven, a la orilla de la cañada de “Tuffí”, como se conoce a Guajimía por esta zona, la alquiló el marido de Karina, quien es limpiavidrio, oficio con el que aporta algo de dinero y paga la casa.
“Aquí no se cocina porque yo no tengo con qué. Antes hacía un fogón afuera pero un vecino me votó las piedras, yo salgo y la gente me le compra un juguito a las niñas, pampers o me da algo de dinero para comer. Ayer ella (Karina) me preguntó ‘mami usted no va a salir’ y yo le dije, ‘y para dónde mi hija’ ”.
Su pensamiento es difuso cuando habla, igual que el de su hija Karina, quien narra que fue violada por su padre y duró un tiempo viviendo en la calle porque no sabía qué hacer.
La pobreza económica no solo limita el crecimiento material de las personas y las familias, sino que además causa graves daños en la salud emocional de la población.
Las niñas y niños, seguidos de envejecientes y mujeres en sentido general, son los grupos de población que más sufren la escasez económica, sin denotar los severos daños emocionales que esta situación también ocasiona a los hombres.
Sentimientos de frustración, resentimiento social, agresividad, complejo de inferioridad, baja autoestima, conformismo, tendencia a la depresión, trastorno del sueño, bajo rendimiento educativo, pobre percepción para desarrollar habilidades, y, desesperanza, son algunos de los daños emocionales que los psiquiatras José Miguel Gómez y Carlos de los Ángeles citan como consecuencia de vivir en la marginalidad económica.
“Está comprobado que las personas que viven excluidos económica y socialmente o en la pobreza crítica, son personas que tienen más tendencia a cambios emocionales y conductuales en su vida”, comenta Gómez, escritor y pasado presidente de la Sociedad Dominicana de Psiquiatría.