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25 may. 2018

Patricia, con 4 años ya manipulaba armas


Juan Salazar
juan.salazar@listindiario.com
Santo Domingo
Dos gruesas lágrimas caen sobre una carta que su padre le envió en 1999. Es la misma mujer de carácter férreo que siendo una niña de apenas cuatro años ya manipulaba armas y manejaba un estricto código de seguridad para detectar la presencia de extraños en la casa.
Patricia Mejía, de 43 años, todavía conserva la costumbre de revisar todas las puertas y ventanas de la casa y de cerrar herméticamente su habitación antes de irse a dormir.
Todo lo asimiló de su padre Rafael -Baby- Mejía, gestor de las unidades móviles del Movimiento Político 14 de Junio y quien también fue torturado en la cárcel La 40 por su oposición a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.
Su padre se involucró, además, en la lucha que se libró en el país después del ajusticiamiento del tirano contra los remanentes del régimen despótico y tuvo una participación activa en la Guerra de Abril de 1965, que procuraba la vuelta a la constitucionalidad tras el golpe de Estado contra el profesor Juan Bosch, quien encabezó el primer gobierno democrático luego de la caída del sátrapa.
Baby Mejía participó en el asalto al Palacio Nacional, hecho en que cayó abatido Rafael Tomás Fernández Domínguez, líder de la revuelta contra los que derrocaron a Bosch, siete meses después de alcanzar la presidencia de la República.
“Baby” era el apodo familiar y “Rogelio” el alias que utilizó en el quehacer político.
En la casa de su abuelo Julio Mejía, quien también fue un luchador antitrujillista, Patricia siempre escuchó todo lo relativo a la dictadura y la transición que vivió el país con el gobierno de los 12 años de Joaquín Balaguer.

Cuenta que cuando nació su hermana mayor, no supieron de su padre durante tres años, ya que salió del país a recibir entrenamiento en China Popular, Cuba y Nicaragua, luego de lo cual ingresó al territorio nacional de manera clandestina.
“Mi padre siempre fue un perseguido y desde niña siempre recuerdo las reuniones políticas en la casa. Él tuvo una participación activa en el momiviento de izquierda y siempre estuvo involucrado en todo lo que contribuyera a instaurar una República Dominicana diferente y donde todos tuvieran mejores condiciones de vida”, añadió.
Su padre aplicó un código de seguridad en el hogar para proteger a su familia y así desde temprana edad la niña Patricia se acostumbró a utilizar palabras y frases claves hasta para abrir la puerta de su habitación.
Frases claves
“Había veces en que mi papá salía de la casa sin yo saber adónde iba. A veces nos dejaba solos (a sus hijos) y hubo muchas ocasiones en que no me pudo buscar a la escuela o que cuando íbamos en el camino teníamos que devolvernos”, recuerda sobre las consecuencias de ser la hija de un revolucionario y de todo el proceso de persecución política a que era sometido su progenitor.
Su papá la llamaba por teléfono a veces a la casa y le preguntaba a Patricia ¿El perro llegó? Y dependiendo de su respuesta sabía si la vivienda era vigilada por agentes de la Policía.
“La Policía se pasaba hasta tres días frente a la casa y durante ese tiempo no podía ir, porque no sabía qué podía pasar si llegaba en ese momento”, añadió.
Patricia asegura que los niños perciben las cosas de una manera diferente y ella por todas esas circunstancias siempre vio a su papá como un héroe, aunque reconoce que le afectó mucho el estrés postraumático que padeció hasta su muerte a los 70 años en la clínica Abreu, adonde fue llevado por su propia hija luego de sufrir un infarto tras una acalorada discusión que tuvo con un ayudante fiscal.
La abogada destaca que su padre no tuvo una participación meramente ideológica y dogmática en el 14 de Junio, sino que junto a otros compañeros fue el ideólogo de las Unidades Móviles del movimiento político, creado luego de la expedición contra Trujillo que entró por Constanza, Maimón y Estero Hondo, el 14 y 19 de junio de 1959.
“Al ser un hombre de acción y de combate fue muy torturado, perseguido y golpeado. Por todo ese carácter y las torturas que sufrió él tuvo un estrés postraumático que le duró hasta el día que murió”, precisó.
Cuenta que su padre durmió con un arma debajo de la almohada toda la vida y la llevaba al baño, además de que las habitaciones siempre estaban trancadas y para abrirlas se usaba una clave para indicar que no se llegaba con la presencia de un extraño.
Seguridad
Ella como niña sabía que no era una situación normal, pero poco a poco se acostumbró a esa vida de precauciones y sobresaltos.
Recuerda que cuando tenía 11 años se mudaron y la nueva casa era totalmente diferente a las demás de los alrededores, pues tenía puertas que las otras no poseían para conducir a salidas rápidas y estratégicas.
Solía revisar en la casa documentos y grabaciones sin que su padre se enterara y que en ese momento no entendía de qué trataban, pero con el tiempo descubrió su vinculación con la labor política que desarrollaba su progenitor. En el descanso de una escalera solía escuchar también las conversaciones de su padre con compañeros del 14 de Junio.
Siempre le llamó la atención que su padre tenía un agujero literal en la cintura, debido a que no usaba nada para portar el arma entre el pantalón y la piel.
Patricia revela que estuvo acostumbrada a ver todo el tiempo en la casa granadas, chalecos antibalas, armas cortas y largas, algo que para ella era normal. “A los cuatro años ya manipulaba armas. Mi padre desde que yo supe caminar y expresarme bien, él me decía sube arriba y de la mesita de noche tráeme tal arma, me enseñó a desarmarla, evidentemente me estaba entregando, sin yo darme cuenta, una herramienta de defensa”, refirió.
ASIMILÓ LAS AUSENCIAS DE SU PADRE
Lo que siempre extrañó Patricia fue la presencia de su padre en momentos como ir con ella a buscar las calificaciones en la escuela o en sus cumpleaños, porque siempre estaba participando en reuniones políticas. “Mi papá sacrificó mi familia, a mí, a mis hermanos, para que tuviéramos como dominicanos libertad de expresión, para que pudiéramos caminar por las calles en libertad y reclamar nuestros derechos”, indicó, pero aclara que admira a su padre por eso y no le guarda rencor por haberle restado tiempo a la familia.
El instinto de seguridad fluye en Patricia de manera natural, a tal punto que en la calle percibe inmediatamente cuando alguien viene detrás de su vehículo. Recuerda que pasaba cerca de la plaza Bella Vista Mall cuando el asalto a un camión de transporte de valores y 10 segundos antes ya se había percatado de lo que ocurriría.
“Esas son cosas que a uno lo marcan, y a la verdad vivir pensando siempre en que algo pasará no es tan sano, pero eso fue lo que me tocó, y mi papá me lo fue enseñando como algo de la vida normal”, agregó.
Patricia se acostumbró a ver a su padre despertarse en la madrugada vociferando en medio de pesadillas. Ella plantea que la unión familiar, así como la cercanía de sus tíos, primos y de su abuela materna, le dieron la contención emocional que mitigó esa cruda realidad.
Empero, confiesa que se siente tranquila, a tal punto que ni siquiera le gustaría conocer a quien torturó a su padre en la cárcel de La 40. “Yo pienso que nosotros, los hijos y familiares que quedamos vivos lo que nos queda es luchar desde nuestros espacios por una mejor República Dominicana y que donde vayamos seamos ejemplo, por la forma de actuar y conducirnos”, precisó.  
Su anhelo es una nación realmente democrática, libre de corrupción e impunidad, donde exista mayor sensibilidad social, más oportunidades en educación y salud pública.
Ser la hija de un revolucionario la compromete a honrar la memoria de su padre con cada uno de sus actos.
Patricia es abogada especializada en derecho económico, arbitraje internacional y comercio exterior. Ha laborado en diversas instituciones del Estado, aunque confiesa que en el año 2009 sufrió una gran decepción con el sector público, lo que la lleva a crear la fundación Centro Dominicano de Hipoterapia, donde reciben asistencia niños y adolescentes con diversas discapacidades, usando el caballo como herramienta terapéutica.
Ahora decidió retornar al sector público para apoyar a su amigo de la adolescencia David Collado, en su gestión frente al Ayuntamiento del Distrito Nacional.
Su padre tuvo un primer matrimonio con la abogada y escritora Marianela Muñoz, con quien tuvo su primer hijo Enrique Rafael, y luego se casó con su madre Carmen Paredes, una bioanalista, parasitóloga y profesora universitaria, con quien procreó también a Nora y Rafael Jesús.  Está casada con Jefrey Rannik, oriundo de Estonia, con quien ha procreado un hijo.