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15 may. 2018

¡Muy bueno!Escribo estas líneas, indignado, impotente


Escribo estas líneas, indignado, impotenteTony Raful
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El crimen siempre es repudiable, no importa que se cometa bajo justificaciones sociales, personales o históricas. Pero hay un constante  de explicación articulada por motivos económicos, nacionales, venganza privada, pasiones instintivas, ofensas y agresiones. En ese corolario homicida los tribunales ventilan los alegatos. La ley existe para ser aplicada con sentido de preservación de la sociedad. Milenios de organización jurídica y política, culturas diversas,  trazan una ruta de sanciones para los que delinquen. Suprimir la vida de alguien es no solamente un acto cruel sino una embestida a todo principio de respeto plural por  la sociedad en su conjunto. Las medidas coercitivas son tan necesarias hoy como ayer, para delimitar responsabilidades  y preservar un mínimo de coexistencia humana.
En el plano de las violaciones de infantes, uno no encuentra ningún tipo de racionalidad, ni de descarga emotiva, ni de “utilidad” posible para sustentar el argumento de la barbarie. Adolfo Hitler justificó la “raza superior” elaborando una tragicomedia de supresión de millones de seres dentro de una supuesta necesidad de apuntalar un generación pura, útil  y elevada de  la raza humana. Ese dislate apeló  a una definición evolutiva que llegó a explorar en su delirio las nevadas montañas del Everest, arribando al Himalaya, para supuestamente confirmar las medidas perfectas que debe tener el esqueleto humano, tomando como base  las osamentas de una raza desaparecida, de la cual descendían los germanos y que era modelo de perfección y armonía física. Las tesis de Madame Elena Blavatsky, de la Sociedad Teosófica  y el mundo esotérico de finales del siglo 19 y principio del siglo 20, alimentaron  posteriormente  estas iniquidades del “Tercer Reich”, sobre la existencia de una raza superior aria, por lo que las razas inferiores deberían  desaparecer.
En la República Dominicana, asistimos en los últimos años a un incremento de crímenes espantosos, que revelan que en cierta medida que  la sociedad nuestra está enferma. A un escándalo de magnitudes impresionantes sigue el horror. Albert Camus, el filósofo francés, Premio Nobel de Literatura, expresó en uno de sus ensayos sobre la violencia, que siempre  teníamos que retroceder ante el  horror. No podemos habituarnos a un tipo de comportamiento homicida que  se reitera de manera constante. En los últimos días hemos visto como padres o padrastros violan sus propios hijos o hijas, en muchos casos, a infantes de un año o dos años, y luego los matan. Me dirán los especialistas de la conducta humana, que se trata de “seres enfermos”, pero esa definición de los asesinos no es suficiente, no porque realmente no tengan una patología que los diagnostique, sino porque en su acometida brutal contra el débil, los  “enfermos” exhiben una conducta contrastante con la dualidad y desdoblamiento de la personalidad reiterativa como modelo de imitación. Quizás en ello pensó Jean Paul Sartre cuando dijo que “el infierno son los otros”
La pena de muerte podría ser disuasiva si va acompañada de una campaña de educación permanente de respeto por la vida de los otros, si el mensaje llega al “ser”, condiciona y  aplaza el dominio instintivo de los asesinos.  El animal humano sólo ha podido trascender relativamente su condición animal a través de la cultura, la educación, la fe religiosa y la socialización del trabajo. La libertad absoluta es una mentira por la condición gregaria y la necesidad del “otro”, que tenemos para sobrevivir, ese “otro” que está dentro de nosotros en los paneles paralelos de la miscelánea personalidad humana. El desbordamiento del consumo y el ultra egoísmo de los sistemas económicos desiguales,  erosionan la solidaridad y empeora toda reflexión y dominio de su agresividad. A la espantosa soledad del universo, las culturas universales ha respondido habilitando dioses y convirtiendo las energías en fuerzas espirituales que materializan  milagros y reordenan el acto supremo de vivir.  
Qué podemos hacer frente a esta violencia sistemática individual que  destruye hogares, mata niños, viola mujeres, destruye todo sentido humano de respeto por la vida. Debemos avocarnos a estudios más profundos sobre la pena de muerte, analizar hasta qué punto la supresión física de criminales, detendría   la escalada imparable del crimen.  Que la muerte de los seres humanos sea prohibida, y quien viole esa disposición elija la muerte como propia, como sanción a  sí mismo. El caso del Trujillo es diferente, mantuvo una política represiva eficiente contra la ratería y los homicidios, pero a la vez la usó contra sus opositores, negándole libertad al pueblo dominicano, y convirtiéndose  él mismo, en  el más grande saqueador del Estado dominicano y en un asesino selectivo, delincuente internacional. En su aberrante personalidad de “hombre fuerte”, Trujillo pervirtió  la dominicanidad útil. El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, enfrentando  un movimiento de opinión contra la pena de muerte, la ha instalado en ese país, asegurando una disminución drástica del volumen de crímenes relacionados con las drogas y violaciones. Singapur, uno de “los tigres de Asia” cuyo desarrollo social y económico es impresionante, era  víctima de la delincuencia y crímenes que lo convertían en un país  inseguro, aplicaron la pena de muerte y en la última década se ha convertido en uno de los lugares más seguros del planeta. El problema en países como los nuestros, que adolecen de estructuras y garantías jurídicas suficientes, es que la pena de muerte podría emplearse inadecuadamente para ajustes políticos y de otra índole.
En estas opiniones intervienen aspectos religiosos, morales y políticos. El debate sobre la pena de muerte es antiguo y hay suficiente bibliografía para defender o negarnos a apoyar una medida de esa naturaleza. Hoy, indignado e impotente ante gráficas de crímenes espantosos y violaciones de niños, en espiral indetenible, escribo estas líneas buscando la luz que me guie y me salve de presenciar tanta inmundicia.