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1 may. 2018

Falta de vergüenza y ausencia de culpa en la corrupción de la República Dominicana


Por: Dr. Tomás Nuñez

Después del psicoanálisis y el estructuralismo no podemos seguir restringiéndonos al consciente y a los dictámenes de la razón en el análisis de los fenómenos humanos, personales y colectivos. Hay un universo pre-consciente, sub-consciente e inconsciente (personal y colectivo), subyacente a nuestras prácticas que deben ser tenido en cuenta.
Quiero atenerme solo a dos vertientes que influencian nuestro comportamiento: son los legados de las dos principales culturas ancestrales que subyacen a nuestro inconsciente colectivo y que nos ayudan a entender fenómenos actuales, como por ejemplo la alucinante corrupción que atraviesa el cuerpo social Dominicano: la cultura Griega y la cultura Judeocristiana.
De la cultura Griega heredamos el sentimiento de venganza. El concepto correlacionado es el del héroe. Tener vergüenza para los griegos consistía en frustrarse en lo que se emprendía, tanto en la guerra como en la convivencia social. Perder una batalla constituía una vergüenza para todo un pueblo. Perder una competición en las Olimpiadas provocaba vergüenza. Triunfar y tener éxito cumplía los requisitos del héroe.
Esta categoría está presente en nuestra sociedad. Es un héroe el pelotero que consiguió el batazo de la victoria de su equipo.
La vergüenza tiene que ver con la imagen que se proyecta socialmente. Debe causar admiración y respeto, de lo contrario hace que las personas se avergüencen.
La otra vertiente es la de la tradición Judeocristiana. La categoría central es la culpa. Generalmente atribuimos la culpa a los otros. Si fracasamos en un negocio es por culpa de la crisis económica. Si el Matrimonio se deshace es por culpa del otro de la pareja. Si hay una desgracia ecológica es por culpa de los habitantes que se instalaron en áreas de riesgos. A veces ponemos la culpa en nosotros mismo, por un accidente de tránsito o por errores que producen una administración ruinosa.
La culpa alcanza la interioridad y afecta a la consciencia. La repercusión no es tanto ante los otros que tal vez no sepan lo que hicimos mal, si no ante el tribunal de la consciencia. Esta nos remite inmediatamente a Dios, pues entre la consciencia y Dios no hay mediación. Estamos directa e inmediatamente delante de Él.
La culpa causa remordimiento y sentimiento de culpa, que puede ocasionar un castigo.
Lo opuesto a la culpa es el sentimiento de ser justo y recto, dos concepto definidores de una persona justa (santa) en el sentido bíblico
Sentir vergüenza y darse cuenta de la culpa constituyen las bases de la consciencia ética. No tener que avergonzarse delates de los otros y no sentirse culpado delante de la consciencia y de Dios son señales de rectitud de vida y de una actitud ética correcta.
¿Cuál es nuestro problema concerniente a la escandalosa corrupción pasiva y activa en Rep. Dom.) es la completa falta de vergüenza y ausencia de culpa de los corruptos y los corruptores antes sus acciones.
Aun sorprendidos en el acto de corrupción, oímos siempre la misma canción "no tengo culpa de nada", es "injusto"," soy completamente inocente". Y se trata de personas clara y comprobadamente corruptas. Han perdido la noción total de culpa y no dan ninguna importancia a la vergüenza pública de sus actos. Siguen tranquilos y frecuentando los mejores restaurantes.
Algunas veces se escucha la indignación ética, con los gritos de corrupto, ladrón. Pero los corruptos ni se inmutan y siguen sus disfrutes.
Ya Aristóteles en su Ética a Nicócomaco establecía la vergüenza y el rubor de rostro como un indicativo de la presencia de una conciencia ética. Sin esa vergüenza la persona era realmente un "sin vergüenza", un mal carácter, sin sentido de los valores.
Esa falta de vergüenza y de sentido de culpa se ha transformado entre los políticos Dom. en una especie de segunda naturaleza, convertida en una práctica usual. Por eso, casi todo el tejido social está contaminado por el virus de la corrupción, de los corruptores y de los corruptos.
Pero en los días actuales ha llegado a niveles tan escandaloso que ya no pueden ser tolerados por la sociedad y por los ciudadanos que aun guardan una consciencia ética, de lo que es recto, correcto, justo y bueno.
La corrupción como práctica personal y social, sin ser moralista ni utópico, tiene que ser prohibida y reducida a niveles compatibles con la condición humana decaída y corruptible. Hay que rescatar los sentimientos de vergüenza y de culpa, sin los cuales nuestros esfuerzos serán inútiles.


Dr. Tomás Nuñez