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2 abr. 2018

Jesucristo muerto y resucitado




La imagen puede contener: 1 persona, primer plano  Dr. Tomás Núñez

Tanto la muerte como la resurrección de Jesús están ligadas a su vida. La muerte fue la consecuen­cia de la oposición que su vida y sus obras provocaron. La resurrección es el triunfo de la vida de Jesús; aquella vida de entera donación y servicio, aquella vida de intimidad con el Padre hasta el punto de identificarse con El no podía acabar en la cruz. Era más poderosa que la muerte. Atravesó el muro de la muerte y manifestó su potencia por medio de la resurrección.
Pasión (crisis), muerte y resurrección constitu­yen una unidad y un mismo misterio pascual. Se trata de momentos de un único proceso, polos de una misma estructura. Romper esta unidad implica perder la novedad de Jesucristo.
Si sólo anunciamos la cruz sin la resurrección, acabaremos por magnificar el dolor y dejaremos las lágrimas sin consuelo. Si predicamos la resurrección sin la cruz, caeremos en una ideología exaltadora de la vida, indiferentes a los que sufren y a los asesina­dos. Proclamamos la unidad del misterio pascual: aquel que fue rechazado y crucificado, es el mismo exaltado y resucitado. La resurrección sólo tiene sentido en el telón de fondo de la lucha de Jesús en favor de la vida y del Dios vivo. A su vez, la muerte de cruz sólo se comprende como condenación por parte de los que se opusieron al proyecto de la vida del Reino. El misterio pascual de Jesús demuestra la trayectoria del triunfo: propuesta del Reino, exigen­cia de conversión, rechazo por parte de los judíos, crisis por parte de Jesús, crucifixión por los judíos, resurrección de Jesús por Dios.
En la actual situación de pecado, el Reino solamente viene por la conversión o por el martirio. Tanto la conversión como el martirio, exigidos por la vida nueva, implican ruptura y sufrimiento. Es el precio de la plena liberación. La cruz no puede significar la legitimación del sufrimiento sino un volverse contra él. A partir del misterio pascual de Jesús. el cristianismo solamente habla del sufrimiento partiendo de su superación por la resurrec­ción. No nos encontramos ya en la situación de Job rebelde sin respuestas para tantas preguntas nacidas del dolor. Hay una respuesta definitiva: a partir de la victoria sobre la muerte, podemos acoger serenos y resignados la muerte, porque ella dejó de ser el fantasma que nos amedrentaba. La muerte es el paso hacia el Padre. Es el momento de la pascua, es decir, pasaje oscuro que guarda en su seno el sol. Ella engendra el sol con todo su esplendor. A partir del brillo solar, las tinieblas tienen su sentido y dejan de ser totalmente absurdas.
La historia de Jesús sirve de paradigma a la historia universal en su marcha hacia el Reino eterno. No camina rectilíneamente hacia su fin, bueno. Avanza entre crisis y enfrentamientos.. El Reino del no-hombre se organiza en su rechazo y su oposición al Reino de Dios. Se construye contra el Anti-Reino. La justicia de Dios abre camino entre los antojos de la represión. La liberación se hace superando opresiones. En todo ello ocurren conflic­tos, desgarramientos, sacrificios sin cuento y marti­rios. El sufrimiento, asumido en la lucha contra el sufrimiento y en la perspectiva de su superación, es digno y dignificante.
La historia en clave con el misterio pascual, se urde por la lucha de Cristo con el Anticristo. El arribo feliz y el nacimiento del nuevo cielo y de la nueva tierra, pasan por los dolores del parto cós­mico por el cual la creación entera, finalmente, será acrisolada. Esta consideración nos libra de todo evolucionismo ingenuo. Todo lleva a creer que, en el campo de la historia, cizaña y trigo crecerán’ siempre juntos hasta el embate final cuando se dará la sínte­sis definitiva. La resurrección habrá triunfado para siempre sobre la muerte. Y llegará el reino de la paz y de la libertad de los hijos de Dios.